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El momento apropiado de la ética y la RSC

Autor: Víctor Guédez, presidente de CERSE y profesor de Fundación Icloby

Lo primero que se nos viene a la mente es que el problema no es si se debe o no hacer algo en materia de ética y responsabilidad social, sino qué hacer y cuándo. Las bondades del mundo democrático, así como las de la empresa privada, se debilitan por no aprovechar debidamente las propias capacidades y posibilidades que la democracia y la empresa privada nos ofrece para afrontar las adversidades actuales. Pensamos que ya sólo queda tiempo para hacer algo perentoriamente.

Si hemos dicho mil veces, con Ortega y Gasset, que el hombre es él y su circunstancia, ahora debemos también acuñar la idea de que el hombre tiene que ser él a pesar de su circunstancia. Esto cabe igualmente para las empresas. Si estas son ellas y su circunstancia, ahora debe reiterarse que también son ellas a pesar de su circunstancia. Tales exigencias nos hacen evocar tres tesis que se solventan, sin mayores comentarios, en sus propios enunciados.

La primera es de Arnold Toynbee y se refiere a “las bondades de la adversidad”. La otra es de Alan Watts y se concreta en “la sabiduría de la inseguridad”. Finalmente, la tercera es de Marilyn Ferguson y se resume en “la fecundidad de la incertidumbre”. Aquí están las pautas para los nuevos desafíos.

Sabemos que todas las dificultades pueden ser interpretadas como “miedos” ante el azar o como “medios” para crear, ahora debemos comprender igualmente que la diferencia entre “miedo” y “medio” sólo existe en la colocación de la letra “i” entre un mismo conjunto de letras. La responsabilidad de este desplazamiento le corresponde a cada ser humano en particular. Nadie puede delegar ese compromiso.

Un viejo y trillado cuento ilustra la idea que deseamos trasmitir. Nos referimos a los dos vendedores de zapatos que una misma fábrica envía a un mismo pueblo recóndito de África. Cuando ambos llegan a su destino y se percatan de la situación se asombran y deciden enviar con urgencia un mensaje a la sede de la fábrica. El primero escribe en su mensaje: “malísimas noticias, aquí nadie usa zapatos”. En tiempo simultáneo, el otro vendedor remite su nota con un texto que dice: “buenísimas noticias, aquí nadie tiene zapatos”. Estas son las dos actitudes que hoy perfilan el rumbo en lo individual y en lo organizacional.

Recordemos que así como en la década de los años setenta se habló de “los límites del crecimiento” y luego se plantearon “los límites de la pobreza”, ahora hay que pensar en los “límites del tiempo” para acometer estas realidades. Hay que evitar que llegue el tiempo en el cual no tengamos tiempo de detener el tiempo, con lo cual no podremos impedir el abismo de la humanidad. En un sentido análogo, hay que advertir que también se han solapado “la deuda económica”, “la deuda social” y la “deuda moral”, todo lo cual nos coloca cerca del riesgo de que no podamos recuperar la conciencia ni sentir remordimiento ante un desenlace que no fuimos capaces de detener oportunamente. Frente a estos riesgos, el peor de los riesgos es el no arriesgarse, así como el peor desafío es no afrontar ahora el desafío.

Nada de lo planteado podrá ser asumido sin el soporte de la ética, pues ésta es la única vía humana para favorecer la condición humana y para elevar la dignidad humana. Inspirados en los argumentos de Bernardo Kliksberg podemos reiterar que cuanto más capital ético más capital social, cuanto más capital social más crecimiento económico, cuanto más crecimiento económico más equidad social, cuanto más equidad social más sustentabilidad, y cuanta más sustentabilidad más humanización. Definitivamente, la ética cuenta porque actúa como un seguro de vida que hace que ella no sea inofensiva. En este marco cobra resonancia y proyección la sentencia de Amartya Sen: “Los valores éticos de los empresarios y de los profesionales de un país (y otros actores sociales clave) son parte de sus recursos productivos”.

Cuando hablamos de ética y de responsabilidad social empresarial estamos ante los temas más palpitantes de nuestro tiempo. Así como un error es una verdad que se equivocó de tiempo o de lugar, igualmente, un acierto es una idea que se subraya en su tiempo oportuno y en su lugar preciso. Esta pertinencia de la ética y de la RSE proviene de que las actuales circunstancias ya dejaron de plantear la expectativa de cómo reconstruir el mundo, para revelar la urgencia de cómo evitar que se siga deshaciendo. Esta no es una tarea de los políticos ni de las organizaciones públicas solamente. También las organizaciones privadas sin fines de lucro y, sobre todo, las empresas tienen una gruesa obligación ante estas realidades.

Las empresas no sólo deben asumir ese reto para salvar el sistema que les da aliento ni para preservar las condiciones inmediatas que garantizan su sobrevivencia, también deben hacerlo por la convicción ética de que son organizaciones humanas que actúan con humanos y que se proyectan hacia humanos.

En medio de esa visión entrecruzada, aflora el dilema si la RSE es para la competitividad o para la sociedad más justa. La respuesta es directa y sin eufemismos: entre la competitividad y la sociedad justa no puede haber una relación dicotómica ni excluyente porque una y otra están correlacionadas. Por eso, la competitividad es el propósito estratégico de la RSE y la sociedad justa es su finalidad fundamental.

Las actitudes que las empresas adopten ante estas exigencias dependerán de que se precisen claras distinciones entre ellas. En primer lugar, podrían apreciarse empresas que: a) identifiquen y aprovechen oportunidades; b) otras que vean como las otras identifican y aprovechan oportunidades; y c) finalmente, también se observarían empresas que se preguntarían ¿cómo lo hicieron? De manera análoga, nos daremos cuenta de la existencia de empresas que: a) hacen que las cosas ocurran; b) otras que ven a las empresas que hacen que las cosas ocurran, y c) también habrá empresas que se preguntarán ¿qué pasó? Finalmente, se captarán empresas que: a) vean más allá del horizonte; b) otras que se asombran al percatarse de la existencia de empresas que ven más allá del horizonte; y c) finalmente, habrá empresas que se preguntan, ¿qué fue lo que vio la otra empresa y por qué no pudimos intentarlo desde la nuestra?

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